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Pequeñas sonrisas

Bruxismo: La noche del rechinar de dientes

Cristina no podía dormir. Desde que se había instalado con su marido y su hijo a la casa de sus padres, no terminaba de estar tranquila. De pequeña había tenido miedo a esa casa, y ya como adulta y madre también. Todo empezó la primera noche, cuando su hijo y su marido dormían y todo estaba en silencio… o casi todo. Empezó a oír un ruido, un ruido muy extraño que no supo identificar, y que no había escuchado antes.

Cuando finalmente decidió despertar a su marido para ir a investigar, el ruido cesó. Pero esta noche no estaba dispuesta a quedarse en la cama mientras el ruido seguía, era molesto y ponía los pelos de punta. Así que se levantó de la cama y empezó a escuchar para ver si podía identificar de donde procedía ese ruido.

No tardó en detectar que venía de la habitación donde dormía su hijo. Al acercarse a la cama y gracias a la luz que entraba de la ventana, lo vio. Su hijo Javier, de 6 años, no paraba de apretar y rechinar los dientes. Le despertó preocupada, pero el niño no recordaba nada y no era consciente de lo que hacía mientras dormía. Cristina fue a llamar entonces a su marido, Miguel, y le contó lo que había visto. Ambos decidieron llevarlo al dentista cuanto antes para que les aconsejara sobre qué debían hacer y poner fin a este hábito.

Esa misma mañana, después de desayunar y de procurar que Javier se lavase bien los dientes, hábito que le habían inculcado desde bien pequeño, se fueron a ver al dentista del pueblo. Le contaron lo que sucedía y el dentista identificó rápidamente que el niño sufría bruxismo. El bruxismo podía darse por aspectos anatómicos, por la formación de los dientes, o por aspectos emocionales y psicológicos.

En el caso de Javier se debía a lo segundo. El niño había sido sometido a mucho estrés últimamente, lo que le había llevado a sufrir ansiedad y esto se había convertido en la causa de su bruxismo. Los abuelos de Javier habían muerto y por eso la familia se había mudado a la casa, ya que Cristina la había heredado. A todo esto se le sumaba el hecho de que el niño empezaba en un colegio nuevo y ya no vería a sus amigos a menudo.

El bruxismo es algo que no se puede prevenir. Suele aparecer entre los 4 y los 6 años de edad y puede durar hasta la edad adulta. El problema de este movimiento de frotación los dientes es que desgasta su esmalte, además de provocar dolores de cabeza y en los oídos e inflamar las encías. La buena noticia era que se podía tratar, así Javier no tendría este problema en un futuro.

Cómo se debía a una causa psicológica, Javier debía ser tratado por un especialista, un psicólogo, para que pudiera controlar y superar su ansiedad y así hacer desaparecer el bruxismo. Mientras tanto, y para que no se hiciera más daño, le pondrían una férula de descarga. La férula era un pequeño aparato rígido y transparente que se ajustaba perfectamente a la boca, concretamente a los dientes, y al usarla por la noche evitaba que los dientes se desgastaran y se pudiera disminuir la carga muscular que genera el bruxismo.

Salieron del dentista mucho más animados, ya que Javier podía poner remedio en un corto periodo de tiempo, y seguros que cuando se adaptase a su nueva vida dejaría de padecer el bruxismo y volvería a dormir plácidamente por las noches sin hacerse daño inconscientemente.