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Pequeñas sonrisas

Cómo evitar que el niño tenga miedo de ir al dentista

Una tarde estábamos jugando en el parque cuando apareció Jorge, que nos había dicho por la mañana que llegaría más tarde a jugar porque iba al dentista. Cuando nos lo dijo todos nos sobresaltamos de horror. Ir al dentista nos daba miedo, no nos gustaba y para nosotros era la peor experiencia del mundo. Cuando oíamos a nuestros padres comentando que ya era hora de llevarnos al dentista todos nos asustábamos un poco.

Así que nos sorprendió un montón cuando vimos llegar a Jorge muy tranquilo y contento. Nos acercamos a él, llenos de curiosidad para saber qué había pasado y por qué venía tan contento de un sitio que los niños y niñas lo considerábamos casi una sala de tortura. Al aproximarnos a él, nos contó lo siguiente:

Tenía mucho miedo de ir, no me gustaba pero mi mamá me obligó. Al llegar vi que había una sala con libros y algunos juguetes, así que me puse a mirar los dibujos de los libros mientras mi madre leía una revista y así disimulaba el miedo que sentía. Quería parecer valiente ante las demás personas que esperaban, quería que pensaran “¡mira que niño más atrevido!”. Todo esto fue antes de descubrir que ir al dentista no es para tanto”.

¿Que no era para tanto? Para nosotros era de las peores cosas del mundo, pero queríamos saber qué había pasado allí dentro para que Jorge cambiara de opinión respecto a los dentistas.

Cuando estaba distraído leyendo un cuento muy entretenido, escuché como decían mi nombre. Pensaba que este momento nunca llegaría, pero llegó. Así que miré a mi madre y como vi que se levantaba, la seguí. Llegué a una sala llena de aparatos con un sillón en el medio y un olor muy peculiar. Me senté y de pronto llegó el dentista vestido de una forma muy divertida. Se sentó delante de mí y me dijo que me iba a contar qué era cada uno de estos aparatitos, para que servían y porque los tenía que usar para arreglarme mi problema dental.”

A estas alturas de la historia ya estábamos todos muy sorprendidos y lo que más nos sorprendía era la naturalidad y la tranquilidad con la que lo contaba Jorge, que parecía que se lo había pasado bien y había aprendido cosas.

El dentista cogió una especie de espejo que me dijo que se llamaba Espejo Bucal y me dijo que era para investigar mi boca. Una boca es como una cueva, que tiene lugares remotos y escondidos y con este aparato los podía descubrir e investigar. Así que abrí la boca para que pudiera investigar. Luego sacó una herramienta que me recordó al Capitán Garfio porqué tenía un gancho. No hace nada, me contó que era para saber cómo estaba el diente, me tocó con esto y no me pasó nada”.

“Luego me acercó un tubo con aire y me dijo que era para la saliva, y me lo puso de tal forma que no me molestaba. Mientras, mi madre me sacaba fotos, y me dijo que luego me reiría viéndome la cara que ponía. El dentista, cada cosa que hacía, me contaba qué era y por qué era tan necesario hacerla. Juntos establecimos un código, es decir, cuando me hacía mucho daño levantaba la mano, si era daño moderado cerraba el puño y si no me hacía daño entonces yo no hacía nada. Me hizo caso y vi que muchas cosas que parecían muy dolorosas no lo eran y que se había exagerado mucho.”

Después de escuchar la historia de Jorge, pensé que yo también quería establecer un código de dolor y que mi dentista me contase todo lo que hacía y por qué, para que no pensara en lo desagradable que es para los niños ir al dentista. Por lo tanto, una experiencia para nada agradable, si se trata bien, se puede convertir en algo que no dé tanto miedo ni sea tan doloroso.