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Efectos beneficiosos de los irrigadores bucales

Reduce la placa dental, el cálculo, el sangrado, la gingivitis, los patógenos periodontales, la profundidad de sondaje y los mediadores de la inflamación. Hablamos del irrigador bucal.

Reduce multitud de parámetros clínicos

Son numerosos los estudios científicos que avalan los beneficios del irrigador bucal, un aparato que reduce multitud de parámetros clínicos como la placa dental, el cálculo, el sangrado, la gingivitis, los patógenos periodontales, la profundidad de sondaje y los mediadores de la inflamación.

La eliminación mecánica de la placa bacteriana es uno de los métodos más eficaces para terminar con ella. Incorporar el irrigador bucal en nuestra rutina diaria provoca cambios cuantitativos y cualitativos porque favorece la dilución y disgregación de esta capa que se deposita sobre los dientes.

Existen estudios que comparan el cepillado con irrigación vs el cepillado con hilo dental, observándose mayores reducciones de placa. Se observó una mayor reducción de placa en los pacientes que seguían la primera rutina, además, el acceso a la placa bacteriana es todavía mayor cuando existen bolsas periodontales. Igualmente, la reducción del cálculo es significativa con estos dispositivos.

Sus beneficios también se han demostrado en casos en los que el paciente tiene gingivitis. El irrigador dental ayuda a reducir la enfermedad y el sangrado en el sondaje significativamente., se observó cómo el uso del irrigador bucal junto con un cepillo manual o eléctrico mejoraba estos parámetros de sangrado y gingivitis –prácticamente el doble de efectividad– respecto al uso del cepillado con hilo dental.

Del mismo modo, en otro estudio reciente se ha demostrado que la combinación del cepillo manual e irrigador bucal es el doble de eficaz en la reducción del sangrado en el sondaje que la combinación del cepillado con hilo dental.

El irrigador también reduce la inflamación de las encías. Y no solo la disminuye por la reducción de la placa bacteriana, sino también por los cambios en la estructura de la placa, que hacen que resulte menos patógeno para el huésped. Esto se demostró en un estudio en el que se observó una reducción significativa de citoquinas y mediadores proinflamatorios como IL-1ß y PGE2, lo que explicaría ese mecanismo y apoyaría el uso del irrigador en personas que tienen dificultad para controlar la placa.

También se ha demostrado que el irrigador reduce el nivel de bacterias subgingivales patógenas hasta 6 milímetros, independientemente de la solución utilizada, y además se puede ver favorecido por el uso de boquillas especiales para su aplicación en zonas de difícil acceso.

Personas con necesidades especiales

El irrigador bucal, además de beneficiar la rutina diaria de higiene bucal, es un aparato apto e indicado para pacientes con situaciones clínicas especiales. Un estudio comprobó, por ejemplo, que las personas con diabetes que lo utilizan con boquillas periodontales mejoran notablemente sus parámetros de la placa bacteriana, sangrado y gingivitis, además de reducir la expresión de los mediadores de inflamación destructivos IL-1ß y PGE2.

Se comparó el uso de cepillado más irrigación con el uso de cepillado más hilo dental y se observaron diferencias muy significativas para la reducción del sangrado en favor de los pacientes que usaron la irrigación.

El irrigador también es un buen aliado contra la periodontitis. Aquellas personas que se encuentran en terapia de mantenimiento periodontal y lo utilizan como auxiliar a las medidas de higiene bucal regular consiguen reducir la inflamación gingival, el sangrado en el sondaje y la profundidad de sondaje.

Por último, en pacientes portadores de ortodoncia también se observa una mejora significativa del sangrado y la inflamación con el uso del irrigador bucal frente a los casos en que sólo se utilizó el cepillo, e incluso una mejora significativa frente al uso de cepillo e hilo dental.

¿Cómo funciona exactamente un irrigador bucal?

El irrigador bucal fue inventado por un odontólogo, el doctor Gerald Moyer, y un ingeniero, John Mattingly, a finales de la década de los cincuenta en Estados Unidos. Se presentó a los profesionales de la odontología en una convención en Texas en el año 1962. Se trata de un dispositivo que libera un chorro pulsátil de agua, sola o mezclada con algún antiséptico, y que produce una fase de compresión y descompresión que resulta ideal para eliminar los restos de alimentos y la placa bacteriana y masajear la encía sin dañarla.

La presión es crítica para estos aparatos y tiene que encontrarse entre 50 y 90 psi para ser efectiva. La pulsación, que se encuentra alrededor de 1.200 impulsos por minuto, crea dos zonas de actividad hidrocinética: la zona supragingival, donde impacta primero el chorro, y la zona de lavado, que es el área subgingival donde la solución se irriga y penetra.

Gracias a su comodidad, los irrigadores bucales ofrecen un buen cumplimiento por parte de los pacientes y se incorporan con facilidad en la rutina de higiene bucal diaria.

La boquilla debe dirigirse hacia la superficie dentaria y dejarse unos segundos en cada superficie. Hay que recorrer todos los dientes y se recomienda seguir siempre el mismo recorrido para no olvidar ningún diente.

Se pueden utilizar distintos tipos de solución, pero lo más recomendable es el agua sola, por ser lo más económico y disponible, con ausencia de efectos secundarios y avalado por los estudios científicos.

Otro tipo de solución estudiada es el agua mezclada con clorhexidina. En algún estudio se ha podido comprobar una mejor penetración interproximal y subgingival en comparación con el uso de enjuagues bucales.

La eficacia y la seguridad de los irrigadores han sido demostradas en multitud de estudios que han evaluado el tejido blando tras el uso del irrigador y han concluido que no se producía ningún daño y que incluso se observaba un impacto positivo en la capa de encía queratinizada y en la vascularización capilar.