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Pequeñas sonrisas

El cepillo de dientes contra las malvadas caries

Se acercaba la hora de ir a dormir, pero Marina y su hermano Daniel correteaban por la casa sin intención de meterse en la cama y, mucho menos, de lavarse antes los dientes. Sus padres escuchaban sus risas y sabían que, como cada noche, les costaría que los pequeños realizasen su rutina de salud bucal antes de acostarse.

– Niños, es hora de lavarse los dientes e ir a dormir. – les decía su padre.

– Jo… ¡Pero no tenemos sueño! – contestaban ellos – y lavarse los dientes es un rollo.

– Pero ¿No sabéis que si no os limpiáis los dientes aparecerán las malvadas caries? – añadía su madre, misteriosa.

– ¿Las malvadas caries? ¿Cómo los malos de los dibujos animados? – decía emocionado Daniel.

– Claro. Y como en todas las películas, hay un superhéroe dispuesto a vencerlas – continuaba su madre.

– ¿Siiii? ¿Y quién és? – los hermanos estaban entusiasmados.

– Venid con nosotros al baño y lo descubriremos juntos.

– “Érase una vez, en un Reino muy muy cercano, un Reino que estaba rodeado de blancas, blanquísimas montañas. Montañas que eran el orgullo de sus habitantes porque lucían fuertes y relucientes. Aquel reino de blancas montañas era, ni más ni menos, que la boca de un niño…”

– Sí, sí. No me miréis así. Así son vuestras bocas. ¿O no tenéis una cordillera de blancas y relucientes montañas? —preguntó la madre mientras ambos niños asentían poniendo la pasta de dientes en el cepillo.

– “Sobre el Reino acechaba el peligro, pues a su pequeño rey le encantaba comer chuches, chocolate, galletas… Esa comida hacía más fuertes a las malvadas caries, que planeaban destruir las montañas. Aquel monarca comía y comía gominolas, piruletas, chocolatinas, pasteles… y las maléficas Caries crecían y se frotaban las manos porque ya se imaginaban campando a sus anchas por aquel reino, en el que planeaban destruir las montañas que lo protegían. Las caries se reían. -En breve, esos dientes no serán tan blancos. Voy a apoderarme de ellos-. La malvada Caries no contaba con que el Reino tenía un superhéroe dispuesto a salvarlo”.

– ¿Quién es ese superhéroe? —Interrumpió Marina, que estaba tan sumergida en la historia que todavía no había empezado a cepillarse los dientes.

– Sí, mamá, ¿quién es? ¿Spiderman?

– No, no es Spiderman. ¡Es Súper Cepillo!

– “… El pequeño rey de aquella boca de blancos dientes terminó de comerse su pastelito favorito y, tras tirar el envoltorio a la basura, corrió al baño. Vió que sus dientes estaban ligeramente más oscuros, pero que un héroe estaba dispuesto a ayudarlo. Era azul y tenía un capuchón del mismo color que protegía sus suaves y blancos filamentos. El niño quitó el capuchón de Súper Cepillo. Él iba a ayudarle a proteger las montañas. Puso en los filamentos un poquito de dentífrico, que actuaría como sus súper poderes, y metió el cepillo en su boca. – ¡¡Oh, no!!—gritó la Caries. Pero ya no tenía escapatoria, Súper Cepillo y el dentífrico iban a acabar con ella. – Huye, Caries. No te quiero en esta boca. Ni en ésta ni en ninguna. No podrás apoderarte de los dientes de los niños. ¡Siempre estaremos protegiéndolos! Y Súper Cepillo empezó a recorrer todos los dientes, frotándolos de arriba abajo y eliminando todas las caries que trataban de estropearlos.”

– ¡Yo no quiero que nadie ataque mis dientes! – gritaba Marina, mientras se limpiaba los dientes como le habían explicado sus padres. 

– Yo tampoco, ¡ayudaré a Súper Cepillo! —contestaba Daniel.

Sus padres, contentos porque sus hijos habían comprendido la importancia de la salud bucal, se cepillaron los dientes junto a ellos y, con un beso de buenas noches, los acostaron para que descansasen.