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Pequeñas sonrisas

Flúor y niños

El flúor es el arma principal que tenemos para luchar contra la caries. Está presente en la naturaleza en forma de fluoruro y sus beneficios se conocen desde los años 30 del siglo pasado, desde cuando se ha conseguido disminuir la incidencia de caries de forma significativa. Actualmente lo encontramos en alimentos, dentífricos, geles, enjuagues bucales y agua potable, tanto de forma natural como añadido. El fluoruro, al que nos referimos habitualmente como flúor, ayuda a la formación y fortalecimiento del esmalte de los dientes del bebé incluso antes de erupcionar y hasta que están totalmente formados. Tras las comidas ayuda a controlar el ácido y a restablecer el pH natural a la boca para evitar el daño en la superficie dental. Pero el exceso de flúor es tóxico y debemos tomar algunas precauciones, especialmente con los niños más pequeños.

En grandes cantidades el flúor puede provocar fluorosis dental, que impide la normal maduración del esmalte. Esto puede suceder hasta los 8 años aproximadamente que es cuando termina el desarrollo del esmalte en los niños. El principal síntoma es la aparición de manchas blancas en la superficie de los dientes. Los niños más pequeños, hasta los tres años, no saben todavía cómo evitar tragarse la pasta de dientes, por lo que es importante utilizar un dentífrico especial para ellos, con muy bajo contenido en flúor, y no ponerles más del tamaño de un guisante en el cepillo.

Hasta los 7 u 8 años es conveniente supervisar el cepillado, no sólo para que se limpien bien, sino también para impedir que traguen pasta de dientes (que también debe ser especial para ellos), con más flúor que la de los bebés pero con menos que la de los adultos. Controlando la cantidad que utilizan y ofreciéndoles pasta adecuada a su edad limitaremos el riesgo.

La aplicación tópica de flúor sobre los dientes por parte de un profesional se presenta principalmente en forma de geles y barnices. Es un método muy efectivo para la prevención de la caries especialmente en niños. Pero solo puede aplicarse cuando el menor es lo suficientemente mayor como para entender que no puede tragarlo y ser capaz de evitarlo, es decir, alrededor de los 6 años. Pese a su innegable beneficio es preferible evitar esta aplicación cuando hay riesgo de que el niño pueda ingerirlo. El odontopediatra te puede orientar tanto para elegir el dentífrico adecuado para cada edad como para recomendar la aplicación profesional de flúor una vez el niño ha madurado lo suficiente.

Los más pequeñitos deben usar una cantidad más reducida de flúor, y no podemos descuidar su higiene bucal. El cepillado eliminará restos de comida que puedan haber quedado entre los dientes y, sobre todo adquirirán una rutina que deberán mantener el resto de sus vidas.