Blog | Cuida tu sonrisa

Pequeñas sonrisas

La ansiedad en los niños

El curso estaba a punto de empezar. Mis padres no paraban de repetir que empezaría a ir a un colegio de mayores, que las cosas se complicarían. Yo no quería defraudarles, siempre había sacado muy buenas notas. Los profesores me felicitaban, mis compañeros me admiraban y, lo más importante de todo, mis padres se sentían orgullosos de mí. No quería que llegase la vuelta al cole, porque no sabía si podría mantener el ritmo y el nivel ahora que las cosas se complicaban. Además, ya no tendría a mis amigos y compañeros que me apoyaban, cada uno iba a empezar el cole en un sitio distinto.

Esta pesadilla empezó a medio verano y, a medida que se acercaba el momento, me empezaron a suceder cosas extrañas a las que no encontraba explicación alguna. La cabeza me dolía mucho y se me pasaban las ganas de ir a jugar con mis amigos; en realidad, no tenía ganas de hacer nada. Mis manos siempre estaban frías y húmedas aun siendo verano, e intentaba esconderlas siempre que podía. Los platos de mi madre ya no me apetecían, y mira que siempre me ha hecho la comida que me gusta. Me costaba un montón dormir y cuando lo conseguía soñaba mucho y me despertaba cansado y agotado.

Una mañana, cuando me levanté después de otra noche horrible, mis padres me esperaban en la cocina. Querían hablar conmigo. Me preguntaron si había notado algo raro en el dormir. Yo solo les dije que me costaba dormir y que soñaba mucho. Entonces fue cuando me contaron que rechinaba los dientes y que me llevarían al dentista para ver cómo lo podían solucionar. Yo no quería ir, me daba miedo el dentista, pero no hubo más remedio. La verdad es que el dentista fue muy bueno y agradable conmigo y no me hizo nada que me doliera con aquellos aparatos que tenía, sino que me iba informando de todo lo que me haría. Y después de unas preguntas y la exploración lo vio rápido: tenía bruxismo. Les contó a mis padres que en mi caso el bruxismo no se debía a un problema físico, sino a algo psíquico, como por ejemplo la ansiedad.

Cuando volvimos a casa mis padres decidieron contarme qué les había contado el dentista. Me empezaron a hacer preguntas, si me preocupaba algo, si alguien me estaba acosando, etc. Ya no tenía escapatoria, les tenía que contar lo que me preocupaba desde hacía tiempo, pero no sabía cómo ni por dónde empezar. Al final me decidí y con miedo les conté lo que me preocupaba. Me quedé en silencio esperando que me riñeran, pero no lo hicieron. Entendieron mi situación y por lo que estaba pasando, me animaron a que se lo contara la próxima vez que me sintiera así. Juntos decidimos buscar una solución, decidieron que me iban a apoyar pasara lo que pasara con este cambio de colegio. Ver que mis padres me daban su apoyo y que iban a elogiar mi esfuerzo hizo que me sintiera mucho mejor.

El momento de empezar el colegio llegó, y no fue tan horrible como pensaba. Seguí sacando muy buenas notas, hice buenos amigos y mis padres se interesaban en saber cómo me encontraba y cómo me iba, se preocupaban por mí y esto me hacía sentir mejor.

Mis problemas físicos desaparecieron y mi estado de ánimo mejoró. Y todo gracias al cariño, el amor, el apoyo y la comprensión de mis padres en una situación que había sido muy difícil para mí.