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Pequeñas sonrisas

¡Los reyes me han traído carbón!

Amanece en la mañana más mágica del año después de una noche de nervios y sueño superficial. Los niños, que han estado esperando que asomen las primeras luces, corren a la habitación de sus padres y les despiertan sin ningún miramiento, con urgencia, saltos y gritos. Tienen mucha prisa por ir junto al Belén o el Árbol de Navidad para ver que les han traído los Reyes Magos. Y allí está, una bolsita marrón con tela de saco, llena de carbón.  Sus temores se han cumplido, no se han portado bien durante el año y los Reyes ya habían avisado de que podía pasar. Afortunadamente suelen ser magnánimos y el carbón es dulce y además, está rodeado de un montón de juguetes. Ningún niño se porta tan mal como para recibir el terrible castigo del carbón real.

La tradición de dejar carbón a los niños que no se portan bien es muy antigua, de cuando los Reyes en lugar de juguetes repartían entre los niños ropa y otros productos necesarios. Melchor y Gaspar se ocupaban de los niños buenos con dulces, ropa y zapatos, mientras Baltasar era el rey encargado de repartir el carbón entre los niños que, según sus pajes, se habían portado fatal ese año. Con el tiempo el carbón dulce sustituyó al normal y empezó a ser deseado por los más pequeños. Esta hecho básicamente de agua y azúcar, mucha azúcar. Si se lo han traído a tus hijos, ponlo a buen recaudo y dosifícalo durante las próximas semanas.

La mañana del 6 de enero llevaremos ya 15 días de copiosas comidas y exceso de dulces, y aún quedará el roscón de Reyes.  Nos gusta que nuestros hijos disfruten de las tradiciones y eso implica, entre otras muchas cosas, que en nuestra mesa no falta el turrón, el mazapán, las peladillas o los polvorones.  Les animamos a probarlos y al final, aunque hayamos intentado controlar lo que comen, seguro que han tomado bastantes más chucherías y dulces de lo habitual.

En el caso de los niños no nos importan tanto las calorías porque las queman, como las consecuencias del exceso de azúcar. Hay que tener en cuenta que es un estimulante, y no podemos dejar que se atiborren para después pedirles que se estén tranquilitos. Si se han pasado lo normal es que estén hiperactivos  e incluso irritables. No deberíamos llegar a ese punto, pero a todos nos puede pasar. En cualquier caso, sea cual sea la magnitud del exceso, deben preocuparnos sus dientes. Aunque las rutinas de sueño y comidas se relajen en Navidad, la higiene bucal debería reforzarse.

Además del cepillado después de cada comida, con su correspondiente uso del hilo dental y el enjuague, si pican entre horas también hay que animarles a lavarse los dientes. Si en ese momento no pueden, al menos que beban agua y se enjuaguen bien la boca para eliminar el máximo de restos posible, y en cuanto tengan ocasión que se cepillen los dientes con especial interés. Todos nuestros dulces navideños son riquísimos en azúcar, por tanto suponen un gran riesgo al ser una invitación para las caries.