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Pequeñas sonrisas

Mordiscos en el cole: mordedor vs. mordido

Morder es de lo más usual entre los 12 y 24 meses, puede ser una manera de llamar la atención de padres y educadores, y los pequeños no son conscientes del daño que pueden llegar a ocasionar. ¿Sabes que esto puede indicar que el niño se siente infeliz, ansioso o celoso? Incluso puede ser un claro indicio de una educación demasiado estricta. Lo cierto es que la mayoría de los padres hemos pasado por alguna experiencia vampírica, bien como padres del vampirillo en cuestión, o bien de su víctima.

El piojo no tenía dos años aún cuando fue víctima de un draculilla. Una tarde al irlo a buscar a la guardería, el piojo salió con un reloj en su brazo. Juro que nunca antes había visto unos dientes tan marcados en un brazo, al igual que tampoco había visto un rostro más translúcido como el de la directora de la guardería; las palabras ni le salían en su intento de dar una explicación del porqué de aquel mordisco:

– “Él iba a coger un juguete y otro niño quería el mismo, fue más rápido que nosotras y no nos dio tiempo de evitar el mordisco…”

No nos enfadamos. Mentiría si dijera que no nos mosqueamos al ver el brazo de mi piojo, ¡más de diez días le duró el hematoma en el brazo! ¡Si hasta se le hinchó! Pero entendimos que si a veces no tenemos ojos suficientes para un niño, más cuando tienes varios a tu cargo. Y sí, lo sé, es su trabajo y les pagamos porque cuiden a nuestros pequeños, pero a veces es imposible evitar este tipo de accidentes.

En nuestro caso desde la guardería hablaron con los padres del mordedor porque aquella no era la primera vez que utilizaba su boca como arma de defensa. Los padres nos pidieron perdón al enterarse y ver el brazo del piojo, estaban consternados porque ya no sabían qué hacer para quitarle aquella costumbre a su hijo.

Aquello me hizo reflexionar sobre una manía que tenemos los padres: ¿qué padre no le ha dado algún mordisco a su hijo de manera cariñosa? A veces gestos, que nos pueden parecer de lo más inocentes pueden acarrear confusión en los pequeños. Afortunadamente, nosotros nunca más nos hemos vuelto a ver en esta situación, ni en la guardería ni el colegio; tampoco nos hemos visto en el otro bando porque en la primera ocasión que el piojo intentó usar sus incisivos como arma hablamos con él, y, por cierto, el colega canino nos sirvió como ejemplo.