Blog | Cuida tu sonrisa

Pequeñas sonrisas

Tranquilo, yo también llevé ortodoncia

A mi hijo le dijeron que debía llevar aparatos de ortodoncia cuando tenía 11 años. Vi su cara de desilusión y de terror al recibir esta noticia del dentista. Al verlo salir tan afligido de la consulta decidí que debía ponerle remedio. Yo había llevado aparatos en mi juventud, así que debía contarle a mi hijo qué era y qué significaba.

Cuando llegamos a casa vi cómo se iba muy triste a su cuarto, así que aproveche la ocasión para buscar en los álbumes familiares alguna foto en la que saliera llevando aparatos junto a mis amigos. Cuando al fin encontré la foto que quería me fui directamente a su cuarto para intentar animarle y que viera que llevar aparatos no era algo de lo que se tuviera que avergonzar.

Llamé a la puerta y entré directamente sin esperar respuesta; lo encontré tumbado en la cama y me acerqué a él. Le dije que tenía una sorpresa para él y le mostré una foto mía en la que se me veía con aparatos y mostrando una gran sonrisa junto a mis amigos. El niño se sorprendió de que estuviera sonriendo sin ningún problema y que nadie ni nada le diera importancia al hecho de que llevaba los aparatos. Le conté que llevarlos no era el fin del mundo, que al principio te encontrabas raro, pero que luego te acostumbrabas a ellos, incluso cuando te los quitabas te podía llegar a dar pena porque terminaban formando parte de ti.

Los aparatos eran para un bien, le expliqué, y le sonreí para que viera lo bien que me habían quedado a mí los dientes: era un pequeño sacrificio que valía la pena. Descubrí que lo que más miedo le daba a mi hijo no era sólo lo que dirían sus amigos, ya que sería el primero en llevarlos, sino el dolor que le podía hacer.

Le conté que los aparatos ejercían una presión constante pero muy ligera en los dientes para poder recolocarla, pero que podría hacer una vida completamente normal, solo que se debería cepillar los dientes después de cada comida, igual que hacia ahora, y que tendría que tener cuidado al comer alimentos muy duros. Para terminar de convencerlo le dije que se podía usar cera para que no doliera y que en las abrazaderas se ponían gomitas para fijar el alambre, y que estas podían ser invisibles o de colores.

Yo cogí cierta afición a las de colores y me hacía unas combinaciones muy estrambóticas. Al ser él el primero de clase en llevarlos, podía hacer estas combinaciones cada vez que fuera al dentista y, quién sabe, a lo mejor crearía tendencia entre sus amigos…

Cuando me fui, mi hijo parecía más animado, pero no estaría seguro del todo hasta que no fuésemos al dentista.

Al fin llegó el día de ir a ver al dentista y de que le colocaran los aparatos. Todo este tiempo me había dedicado a quitarle hierro al asunto y hacerle ver que no era para tanto. Me sorprendí al ver que no protestaba, sino que estaba impaciente por probarlos. El dentista le contó que le iba a colocar las abrazaderas y que las pegaría mediante un cemento especial para que no le cayeran.

Para asegurarse de que no se movieran, le introduciría un alambre de acero y luego le pondría las gomas de los colores que quisiera. Mi hijo pidió los colores de su equipo de fútbol preferido ya que es un gran fan de este deporte. Al finalizar, el dentista le dijo que si hacía caso a sus indicaciones, los tendría que llevar poco tiempo y los podría sustituir por unos aparatos de quita y pon y que solo debería llevar por la noche.

Mi hijo se veía raro pero salió bastante contento del dentista. Y la verdad es que estoy seguro de que habría sido mucho peor si no hubiese invertido tiempo previo en hacerle ver que llevar aparatos no es el fin del mundo